domingo, 19 de enero de 2014

Noventa y nueve

 Tú


Siento que el corazón no va a aguantar lo que le pido. Su fuerte latido me fatiga al subir las escaleras y tengo que parar en varias ocasiones. Cuando por fin mis pies se detienen en el último piso me apoyo en la baranda y suspiro agotado. Me acerco sigiloso a la puerta. Mis manos tiemblan como si me fuera a someter a una tortura. Sujetando la llave, me ayudo con la otra mano porque la tiritera no me deja insertarla correctamente en el paño. Inspiro y expiro por enésima vez y giro la llave hasta que la puerta cede y puedo ver como un pequeño rayo de luz se cuela por el pequeño hueco de ésta.

Empujo suavemente la puerta hasta que queda totalmente abierta. Una bocanada de aire frío me sacude y doy un paso atrás nervioso. Intento tranquilizarme auto convenciéndome de que seguramente la señora Moore olvidó cerrar la ventana. Inspiro de nuevo. Parecerá una tontería pero siento como si me robaran el aire, y necesitara recuperarlo.  

Avanzo poco a poco y cierro la puerta tras de mí. Un fresco olor a rosas embriaga mis sentidos y sigo el rastro hasta la pequeño balcón que da a la calle. Una decena de tiestos con todo tipo de flores engalanan la blanca y radiante balconera. Sonrío nervioso y un pequeño ruido me pone de nuevo en alerta.

Camino a paso lento tratando de averiguar qué ha ocurrido. Un fuerte escalofrío recorre mi cuerpo y me paraliza. No puedo creer lo que ven mis ojos. No… no puede ser cierto. No puede ser ella…  Siento mi cuerpo rígido y tembloroso. Mis piernas flaquean y tiemblan como cuando la tenía cerca, como aquella primera vez que pude abrazarla…

Un escalofrío recorre mi cuerpo. Giro la mirada y la veo allí, es ella, estoy seguro. Mi cuerpo se estremece y me quedo en shock. Soy incapaz de moverme y ella tampoco lo hace. Por eso reacciono, porque ella se ha quedado en pie, quieta a escasos metros de mí, y no puedo dejar escapar el momento. Me abalanzo sobre ella y la abrazo con todas mis fuerzas. Puedo sentir su respiración entrecortada y su dulce aroma. Su cuerpo tiembla como aquella primera vez que la tuve entre mis brazos. Ahora ya no es un sueño, es real, la tengo allí, conmigo. De mis ojos empiezan a brotar algunas lágrimas de emoción que no puedo reprimir, y siento como ella lo nota y me abraza con más fuerza. Pasa sus manos frotándome la espalda nuevamente para tratar de tranquilizarme.”

-¡Pablo, ¿Estás bien? … vuelvo a la realidad al oír su voz y la veo allí a mi lado, acariciándome con ternura las mejillas.
-Ma-Ma-Marina. Esboza su preciosa sonrisa y siento que mi corazón se recompone después de seis años.
-No, no, Pablo. Yo no soy…. Me mira con ternura. No puedo dejar de mirarla. No puedo creer que esté aquí.  Alex. ¡Pablo está aquí!, grita sonriente. La miro embelesado y recobro esa sonrisa que perdí aquella noche en aquél maldito aeropuerto.

-¡Pablo! Alex aparece por la puerta algo cambiado por el paso de los años pero con la misma sonrisa que su hermana, como siempre.
-A-Alex. ¿Qu-Qu-Qué hacéis aquí?, balbuceo.
-¡Oh! No, no. Pablo, no es lo que crees. Ella es Nazaret, mi prima, y la prima de Marina, claro.
-¿Cómo?, el alma se me encoje de nuevo al mirarla. Parece que los ojos me devuelven ahora una imagen completamente distinta de esa chica.
-¿Na-Nazaret? Alex asiente y ella se adelanta y me saluda con dos besos.
-Intenté decírtelo… lo siento, murmura. A medida que me fijo en ella desaparecen sus similitudes con Marina. Tiene un aire…pero…
-Siento estar aquí sin avisarte, pero la señora Moore me llamó y me dijo que llevabas tiempo sin venir… supuse que quedaría algo de mi hermana aquí, me dijiste la última vez que nos vimos que estaba todo tal y como lo habías dejado. Asiento, camino hasta el pequeño sillón del salón y me dejo caer abatido.

-Coge lo que quieras. Yo…Yo no necesito…Alex esboza una pequeña sonrísa.
-¿Cómo estás Pablo?, me corta. Hace mucho tiempo que no te veía…
-Cuatro años, murmuro.
-Dentro de poco va a hacer ya seis años que…
-Lo sé, le interrumpo. Apoyo las manos en la cabeza y desciendo lentamente por mis mejillas, cubriéndome los ojos a su paso. Siento su mano en mi espalda y le miro.
-¿Cómo estás?
-Bien. Hace mucho tiempo,… y… ya está superado, miento. No sé por qué no soy capaz de hablarle con franqueza. Me levanto nervioso y me dirijo a paso ligero a la puerta.
-¿Te vas ya?
-Eh… si. Tengo que irme. Solo venía a ver cómo seguía el piso y por lo que veo todo está en su sitio. He-He quedado. Nos vemos en otro momento.
-¡Claro! Mira… te doy mi tarjeta por si quieres que vayamos a tomar un café algún día. He venido a un congreso aquí a Madrid pero la semana que viene estaré de nuevo en mi consulta, en Barcelona. Sabes que tienes las puertas de casa abiertas…
-Eh… si, si. Nos vemos pronto, trato de sonreír y salgo de allí deprisa.

Bajo las escaleras trabándome con cada uno de los escalones que dejo a mi paso hasta que tropiezo finalmente dos pisos más abajo y caigo de rodillas. Me incorporo con cuidado y me quedo sentado tratando de recobrar la respiración, pero mi alma deja de ser fuerte y se derrumba llevándose con ella las lágrimas que llevo tanto tiempo guardando. Ahogo el llanto entre mis manos, evitando que mis quejidos me delaten.

“-¡Cielo! ¿Cómo estás?, me abraza mi hermana. Me tiro a sus brazos con fuerza y me estrecha para tranquilizarme.
-No quiero perderla Pau, ahora que…
-Shhh, no digas eso Pablo… estará bien. Seguro que necesita pensar y habrá salido a dar una vuelta, no te perturbes.
-¿Pero y si se ha perdido? ¿Si le ha pasado algo? le digo entre sollozos.”

El recuerdo de aquél día me perturba todavía con más fuerza. Recuerdo el ansia y el miedo que sentía al pensar que podía haberla perdido, y hoy… hoy es una realidad. Hoy no está, y no volverá nunca. Hace más de cinco años que me repito esa frase a diario, cinco años que le muestro al mundo un rostro que no tiene nada que ver con lo que tengo dentro y con lo que siento. Hace más de cinco años que el destino me arrebató el sol, y sin él la luna no brilla.

-¡Pablo! ¡Santo cielo! ¿Qué haces ahí en el suelo? ¿Qué te ha pasado? Las frías manos de una mujer me recogen del suelo y me ayudan a tenerme en pie. Levanto la mirada y me encuentro el rostro serio y preocupado de Mica, mi psicóloga. ¡Pablo qué haces aquí! ¿Qué ha pasado? Sin tiempo a responder camino a su lado como puedo, algo dolorido por la caída. Abre la puerta de uno de los pisos de aquél mismo bloque y veo a la señora Moore corriendo hacia mí con el rostro desencajado.

-¡Pero qué ha pasado, hijo mío! ¡Qué te han hecho!, grita alterada.
-Abuela, lo encontré tumbado en el rellano. No sé qué ha pasado. ¿Le conoces?
-¡Claro que le conozco, hija! Es Pablo, el chico del que te hablé. Él es el que me tiene el piso alquilado. El ático.
-¿Pablo es el inquilino? Bueno… el que te paga pero no… ¡Claro!, masculla. ¡Ahora lo entiendo todo!
-Pero ven, cariño. Vamos a tumbarlo en la cama. ¡Tenemos que curarle esos rasguños!

Me llevan hasta una pequeña habitación y me dejan caer con cuidado en la cama. Oigo como hablan intranquilas, corriendo de aquí para allá... pero yo sigo aturdido y conmocionado. Aislado de la realidad…

Sus manos frías vuelven a tocarme, y siento como limpia mis heridas con algo caliente que me escuece. Dejo ir un pequeño quejido. Parece que el golpe ha sido más fuerte de lo que pensaba. Acaricia mis manos para calmarme y sigue curándome.

-Pablo, dime algo. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hacías aquí?
-Yo… sonríe y posa su índice sobre mis labios.
-Sh… me quedo más tranquila sabiendo que puedes hablar. Sonríe.
-Solo quería enfrentarme a ello yo solo. Pero…

-Shh… Ya está. No hables más. Descansa y ya tendrás tiempo de explicarme… Asiento. Te traeré una tila. Te irá bien. 

sábado, 18 de enero de 2014

Noventa y ocho


-¿Pero estás segura? Piensa que trabajar de noche no es lo más agradecido del mundo…
-Tío, te lo pido por favor. Dale a Cristina mi puesto en el restaurante y yo trabajaré en el pub por las noches. Está decidido.
-¿Se lo has dicho ya a tu hermana?
-Ni se te ocurra comentarle a Cristina que he estado aquí pidiéndote esto. Digamos que no tengo ganas de que me deba una. Ya tiene una edad y le conviene llevar una vida tranquila. Si trabaja de noche no madurará nunca. Yo buscaré algo más que hacer por las mañanas y listo.
-Si quieres quedarte en el bar para los desayunos…
-Déjalo como está. Lo único que te pido es que le des tú la noticia a Cristina, y que te inventes algo para obviar que yo le he cedido mi puesto.

No sé si he hecho bien o no pero la decisión está tomada. No puedo tener a la vaga de Cristina tumbada en el sofá todo el santo día. Por lo menos tendrá algo que hacer… Ahora me toca a mí encontrar algo decente que hacer por las mañanas o por la tarde, antes de entrar al pub del tío. No es que vaya mal de dinero y necesite dos empleos para sobrevivir, y más ahora que Cristina me ayudará con el alquiler, pero sé que si no busco algo con lo que emplear las mañanas o las tardes, acabaré volviéndome una vaga redomada.

Estos son los peligrosos momentos en los que se me pasa por la cabeza volver a Málaga con mis padres. Puede parecer la solución más fácil, pero así soy yo; cuando mi vida maravillosa en Barcelona se desmorona, mi corazón me exige un billete destino Málaga. Mis pies me llevan a la estación de tren y me paso allí horas mirando el tablón de “salidas”, debatiéndole a mi corazón que debo quedarme aquí y demostrarme a mí misma que yo puedo con todo, aunque no sea exactamente así.

Volteo la llave deseando que el único ser vivo que esté en casa sea Pablete. No tengo ganas de verle la cara a nadie más. Mi humor no es el perfecto para ello. Cuando mi culo está a punto de rozar la suave manta del sofá, la melodía de mi móvil interrumpe tan apetecible gesto.

-¿Si?
-Código rojo. Un 6, 7. ¿Un 6, 7, ahora? ¡Oh no!
-¿Voy yo o vienes tú?
-Estoy de camino. Rebufo y miro si el piso está en condiciones. Desde que está Cristina en casa no puedo fiarme de cómo se queda la casa.
-Ración doble, por favor. Lo mío no es tan urgente, pero me vendrá bien.
-Triple. Vengo con Sandra. Dame diez minutos y estamos ahí.
-Hecho.

Por lo visto no pasaré la tarde sola. Por mucho que me apetezca tranquilidad, ¿Qué mejor que una terapéutica sesión de amigas? Apago la tele y saco las velas perfumadas que utilizamos siempre en estos casos. Salgo directa a mi habitación y rebusco en el joyero la pequeña llave que abre el único armario que cierro en toda la casa; el del jarabe terapéutico: limonada rosa.  Saco uno de los centenares de potes de limonada que tengo guardados, preparo la pócima mágica y vuelvo a dejar el pote en su sitio, cerrando el pequeño armario nuevamente y dejando la llave en su sitio. Llamo a Cristina para asegurarme que no entorpecerá la tarde. Por suerte ha quedado con uno de sus tantísimos amantes.

Somos tres. Siempre somos tres; los ángeles de Pablo nos auto apodamos. Sandra, Daniela y yo, tres locas alboranistas que por casualidades de la vida coincidimos trabajando en nuestra cadena de cafeterías favorita, Starbuks. Hemos pasado de todo juntas y hace un par de años nos recorrimos parte de la geografía española siguiendo a Pablo en sus conciertos.

 Las chicas no tardan en llegar con las provisiones.  Dejamos las bolsas en la cocina y volvemos al salón donde todo está preparado.

-Pon a Pablo. Alto. Muy alto. Asiento y subo el volumen de los altavoces externos de mi iphone. La carpeta de Pablo sale predeterminada y lo primero que nos regala es su adorable “Dónde está el amor”. Eso me pregunto yo a diario. ¿Dónde estará? Vuelvo al sofá junto a ellas, esta vez junto a la medicina.
-¿Está fría?, me pregunta Dani.  
-La he hecho con agua fría, si. Pero si quieres echarte algo de agua natural para…
-No, no. Está perfecta, dice soltando un pequeño gemido tras dar el primer sorbo.
-A ver. Vamos por partes, dice Sandra. Primero tu 6, 7, le dice a Dani. Luego tu…
-Mmmmm… mi 4, 4, 2.
-¿4,4,2?, gritan al unísono.

Supongo que os costará comprender ese lío de números sin sentido, ¿verdad? Digo yo que poco a poco os iréis acostumbrando. Estamos algo locas, pero nosotras, como siempre decimos, nos entendemos.

-¿Tu hermana? Exacto, un 4, 4, 2 es un problema de hermanos, y el 6, 7, como veréis más adelante, una alerta de cuernos.
-Lleva una semana viviendo aquí conmigo, pero ahora vamos con lo tuyo, Dani. Luego os cuento… Sin rechistar Daniela o Dani, como siempre la llamamos cariñosamente, se incorpora y cruza las piernas cual indio en manada.
-Veréis. Sé que me vais a decir que soy una paranoica de las grandes, pero necesitaba contároslo. Resulta que esta mañana Carlos, su novio, se ha dejado unos papeles que ayer estuvo preparando hasta tarde para la reunión de hoy. Pensando en hacerle el favor del siglo, me he vestido corriendo y se los he acercado al bufete. ¿Y a que no adivináis lo que me he encontrado allí?  La miramos confusas y chasquea los dedos sobresaltándonos. ¡Ha cambiado de secretaria! Sandra y yo la miramos estupefactas y sin poder evitarlo suelto una carcajada que rompe la tensión y el silencio.
-¿Ha cambiado de secretaria?, pregunta Sandra extrañada.
-¡Exacto!
-¿Y qué tiene esto de 6, 7?, le digo riendo. ¿Acaso la tenía apoyada en su mesa con la falda remangada?
-¡No seas bruta, Esther!
-¡Joder, pues perdóname Dani pero no entiendo nada!
-A ver…. El problema es que antes tenía a una mujer normalita. No sé cómo decir…
-A una vieja, murmuro.
-¡Exacto!
-¿Y?
-¡Pues que ahora tiene a una rubia que parece una manola vistiendo!, ¡Y encima no me ha comentado nada! se atreve a soltar. Sandra y yo nos miramos y nos echamos a reír ante semejante estupidez.
-Pero vamos a ver, Dani. Carlos es un buenazo,... tan bueno que a veces, el pobre, parece un poco tontito, le dice Sandra. Eso debe ser que los del bufete han echado a la otra secretaria y la han sustituido por “Manola”. ¡Pero Carlos no tiene ninguna culpa! Y si no te lo ha dicho es porque sabe cómo eres y las películas que efectivamente, te estás montando ahora que lo sabes.
-No si tenéis razón… pero ya sabéis cómo soy. Enseguida empiezo a ponerme nerviosa… Me he pasado la mañana entera llorando como una tonta…
-Pues ya sabes lo que te toca, le dice Sandra señalando el vaso con “limonada”. Esboza una sonrisa maliciosa y se acerca al vaso para sorber antes de cogerlo.
-Un día tendrás que descifrarnos tu mágica receta…
-Luego tendría que mataros. Sonrío. Nunca, jamás le he dado a nadie mi pócima secreta. Todavía recuerdo cuando mi abuela, tras una noche de llorera porque me acababa de dejar mi primer novio, me amenizó la noche con un vaso de esa maravilla color rosa. Solo puedo decir que no es precisamente adecuada para niños.

-Bien. Te toca a ti, me dice Dani. Cojo aire y las miro. Ahora me toca a mí tomar un sorbo de la medicina o no seré capaz de soltarlo todo de una vez por la boquita. Me miran suplicantes y cuando dejo el vaso de nuevo en la mesa me acomodo para empezar.

-Cristina ha vuelto y la tengo en casa conmigo. Mi madre no aceptaría que la dejara en la calle como a un perro, así que no tengo más remedio que soportarla.
-¿Y dónde está?, me pregunta Sandra.
-Ahora con cualquiera de sus amantes, ligues o como quieras llamarle. Duerme en la habitación pequeña.
-Madre mía la que te ha caído encima…
-Pues si os cuento lo que he hecho esta mañana…

Casi me matan al contarles mi genial idea, pero trato de convencerlas de que en unos días me voy a Málaga a pasar las navidades con mis padres y que no estoy dispuesta a buscar nada hasta que vuelva. Tras la primera fase de la terapia seguimos con la parte más importante, la cena. Las sesiones se completan con nuestra comida favorita. A Sandra le chifla el risotto de setas de “Pasta City”, a Dani los tallarines del restaurante chino de debajo de casa, y yo estoy enamorada de las hamburguesas mediterráneas de Foster’s Hollywood. Dani se ha encargado de pasar por los tres para recoger la comida. Nos sentamos en el sofá a comer mientras vemos mis dvd’s de “Sex and the city”. 

Abstraída por semejantes escenas de la serie no advierto que los ruidosos gemidos que oímos no son precisamente de la serie. Me levanto sigilosa y casi llegando a la puerta veo como el paño de ésta gira y aparece mi hermana acompañada de un hombre alto y apuesto al que si le soltara mi hermana el morro, podría verle la cara. Pocos segundos después, al descubrir que no son los únicos que están en el salón, dejan de investigar sus gargantas y mi hermana empieza su habitual teatro.
-¡Oh dios mío!¡ No sabía que estabas aquí con tus amigas! Nos vamos a la habitación para no molestar… tendrá cara la tía…Antes de que pueda reaccionar, oigo como cierra la puerta de la habitación de golpe y suspiro.

-¡Dios mío dame paciencia!, grito volviendo al sofá.

-Esto… ¿tú has visto quién acaba de entrar ahí dentro con tu hermana?

domingo, 12 de enero de 2014

Noventa y siete

Él

-Siéntese. Señala el diván negro que hay en la habitación. Camino inseguro y me planteo mil veces si he hecho bien en venir. Una mujer alta, muy alta. Con unos impresionantes ojos oscuros que resaltan tras unas gafas que la hacen todavía más interesante. Lo cierto es que no se ha inmutado un ápice. Digo yo que estará acostumbrada a tratar a todo tipo de gente… Me hace un gesto con la mirada para avisarme, de nuevo, que debo tomar asiento. Bien, cuénteme. Un ligero toque argentino en la voz… mmm. Vale… paro ya.
-He venido por insistencia. La verdad es que no sé muy bien que estoy haciendo aquí…
-Ya empezamos, murmura.
-¿Qué? Me mira seria y desvía su mirada a un pequeño cuaderno rojo.
-Vamos a ver, Sr…. Moreno. Venir al psicólogo no es malo. Hay personas que necesitan hacer ejercicios diarios para la espalda, el pie, el brazo, etc… Digamos que usted necesita hacer otro tipo de rutinas, y por eso está aquí. Asiento. Volvamos atrás. Cuénteme cómo es su familia. Cómo era cuando era pequeño…

Me recuesto en el diván. Parece que la cosa va para largo.
-Madre, padre, hermanos, tíos, primos, perros… ya sabe.
-Especifique más, por favor. Mi familia, el colegio, los amigos, Raquel…hablamos un poco de todo, sin profundizar. ¿Y después de Raquel? Vaya… trago saliva e inspiro. Cierro los ojos y al abrirlos siento como me mira impaciente.
-Marina.
-¿Marina? Asiento y apunta. Tiene toda la hoja llena de redondas con nombres, flechas y símbolos raros. En la otra hoja toma nota, en redacción.
-Después de Marina no podría decirle… he ido de aquí para allá…
-No vaya usted tan rápido, Sr Moreno. Hábleme de Marina. Suspiro. No quiero hablar de Marina.
-Murió. Se queda callada y levanta la mirada del cuaderno. Me mira por encima de las gafas, parece decirme que siga. Murió hace seis años. Se hace el silencio en la habitación mientras sigue escribiendo.
-Bien…
-No quiero hablar de Marina, me adelanto.
-Ahá… está bien. Dejaremos el tema para más adelante… Cuénteme, ¿cómo es su vida ahora?
-Mi vida ahora… pues digamos que loca y desordenada. Acabo de llegar de Francia, de promoción y gira, y ahora me toca trabajar aquí. Vivo en un hotel en Madrid aunque me paso las semanas de ciudad en ciudad. Bajo a Málaga cuando la agenda me lo permite… apenas tengo tiempo, pero me gusta estar con mi familia unos días.
-¿Vive en un hotel?
-Si, en un hotel del centro.
-¿No ha pensado nunca en comprar un piso, una casa o alquilarlo? Tema tabú.
-Digamos que no me apetece…
-¿Y por qué no le apetece?
-Pues porque estoy cómodo en el hotel. Su mirada me intimida. Es una mujer seria, i no sé si la cara que pone es porque no le gusto un pelo, o porque está enfadada.
-Vamos a ver, Sr…
-Pablo, puedes llamarme Pablo.
-Está bien, Pablo, si usted…
-Puede tutearme. Resopla. Voy a acabar con su paciencia. Me río por dentro. Me encantan las mujeres con carácter.
-Pues Pablo, a lo que iba. Si no te abres y no me cuentas lo que tienes dentro no vamos a ir a ninguna parte. Yo estoy aquí para ayudarte, no para juzgarte ni para reírme de ti. Al principio entiendo que pueda darle pudor contarme según que cosas, pero debe aprender a exteriorizar sus sentimientos y a ser sincero.
-Tiene toda la razón. Lo… lo siento, murmuro. Por primera vez veo como “la mujer de hielo” esboza una pequeña sonrisa, que me contagia.
-Adelante, entonces. ¿Por qué no se decide a alquilar o comprar una casa?
-Digamos que la casa ya la tengo. Bueno, un piso.
-¿Tiene un piso, aquí, en Madrid? Asiento. ¿Y entonces? ¿Qué hace en un hotel?
-No puedo volver a casa… no estoy preparado para hacerlo. Me mira callada y sigo. Compré ese piso para que Marina y yo viviéramos juntos. Iba a pedirle que se trasladara conmigo para empezar una vida juntos, pero ni siquiera tuve tiempo a comentárselo.
-Entiendo. ¿Ha intentado ya ir?
-Fui a coger algunas cosas que me había dejado allí, pero no he vuelto más. Hace aproximadamente cuatro años que no voy.

Parece que no me está costando tanto abrirme. Hay cosas que no puedo hablarlo con cualquiera. No me siento con fuerzas ni de contarle según que a Adrián, y mucho menos a mi familia, por supuesto. Por primera vez estoy pensando que no ha sido tan malo venir. Tal vez sea la solución a mis problemas…

-Iremos… pero no se asuste, tómatelo con tranquilidad. Es normal que cueste superar una pérdida así, pero se supera, créeme, lo que pasa es que llevas un poco de retraso en ello, pero averiguaremos el porqué, no temas. Sonríe y se levanta. La imito. Acabamos por hoy. No quiero torturarte más. Te espero aquí pasado mañana. Intenta no pensar mucho en lo que hemos hablado hoy, e intenta descansar. Me imagino que con una agenda como la tuya no será fácil hacerlo, pero debes obligarte a tener un poco de tiempo para ti.
-Gracias, Srta Valdez. Me toma la mano y la aprieta con fuerza.
-No tienes que dármelas, Pablo. Te veo el jueves.
Cojo mi chaqueta y salgo del despacho. Pido hora para la próxima sesión en el mostrador y salgo del edificio. Decido coger un taxi. Nadie sabe que he venido, y por lo tanto, nadie me espera en la puerta. Cubro mis ojos con unas grandes gafas de sol oscuras y la cabeza con un gorro de lana que me regaló mamá. Me aproximo a la calle y espero paciente al primer taxi que decide detenerse para llevarme.

Las calles de la capital empiezan a estar engalanadas con motivos navideños, y eso que todavía falta un mes para que lleguen las fiestas. Observo tranquilo el paisaje, ajeno a todo lo demás. Hacía mucho tiempo que no apagaba el móvil y me olvidaba de todo.

-Perdone. Acabo de recordar que tengo algo que hacer antes de volver al hotel. Puede acercarme al Paseo de la Castellana, 11, por favor? El taxista asiente sin rechistar y vuelvo la mirada a la ventana de ese Seat. ¿Estás seguro? Me pregunta una y otra vez mi subconsciente. Y muy probablemente la respuesta sea negativa. Pero… creo que es el momento. Dicho y hecho, así deberían ser las cosas.

El taxi se detiene justo en frente. Pago al conductor y me bajo despacio, tratando de que el aire no me devuelva al interior del vehículo. Cruzo la calle y saco el pequeño llavero que guardo en el bolsillo interior del abrigo. Respiro un par de veces y le doy la vuelta a la llave para abrir la puerta. El dulce olor a comida de abuela me destensa y me provoca una sonrisa. Miro al cielo y veo un sinfín de escaleras por subir. Expiro y empiezo la aventura.

-¡Hijo, hijo! ¡Qué alegría verte! La primera parada obligada. Una cariñosa señora mayor me recibe en el primer piso. Es la mujer que me vendió el piso, y la que lo cuida. Me acerco a ella y la saludo afectuosamente. ¿Cómo estás cariño? Pensaba que no iba a volver a verte más. Bueno, ya sabes que siempre te veo por televisión pero… no es lo mismo. Sonrío y acaricio su curvada espalda.
-He estado un tanto ocupado todo este tiempo…, le digo nervioso.
-No te preocupes hijo, todas las semanas he subido a ver como estaba todo por allí arriba. Tienes unas margaritas preciosas, y todo está tal y como lo dejaste. ¡Ni una motita de polvo!
-Muchísimas gracias Sra. Moore.
-¿Cómo estás pequeño? La última vez que te vi… no quiero ni pensarlo, me dice cubriéndose los ojos con sus manos. Estabas tan débil que pensé que harías cualquier locura…
-No se preocupe. De verdad. Estoy bien. El tiempo lo cura todo…
-Era una chica preciosa. Sonrío y asiento. Cada vez que entro en el piso y veo esa foto en la que estáis los dos, le digo que cuide de ti desde el cielo. Toma mi mano y la aprieta con fuerza.
-No sé yo…
-¿Por qué dices eso, Pablete?
-Digamos que tal vez está un poco enfadada conmigo. Se ríe y me abraza con ternura.
-Bah, no digas bobadas. Allí no sube nadie enfadado. Además, si ve lo triste que estás, seguro que se le pasa todo.
-Si usted lo dice…
-Lo que estará es deseando abrazarte de nuevo, y esperando a que seas un viejito como yo para subir allá arriba a acompañarla. Tal vez el destino no tenía previsto que estuvierais juntos aquí, 
después la eternidad será vuestra. Me acaricia el brazo y vuelve a tomar mi mano entre sus gélidas manos. ¿Vas a subir? ¿Quieres que vaya contigo?
-No se preocupe. Voy a coger unas cosas, y me voy.
-Está bien. Te espero pronto, entonces.

-Claro, la vengo a ver pronto, no se preocupe.