martes, 28 de julio de 2015

COMUNICADO OFICIAL

¡Buenas tardes familia!

Poco a poco os voy contando más cositas… Como estáis viendo he vuelto con más fuerza que nunca para seguir caminando juntos. Y ya no sé cómo agradeceros todo el apoyo que me habéis brindado durante estos casi cuatro años, ese más de medio millón de visitas.

Os conté que todo tenía un por qué, que el tiempo que el blog estuvo inactivo tenía una razón de ser. Pues bien, ese “parón” se debe a un proyecto maravilloso en el que he estado trabajando  y que espero disfrutar con vosotros en los próximos meses.

Y es que sin vosotros nada de esto hubiera sido posible. Sin el cariño, los comentarios, el interés, las ganas de seguir leyendo o casi “devorando” la novela... 

Siempre os pido paciencia, en todos los sentidos, y hoy lo vuelvo a hacer. A veces las cosas no van todo lo rápido que uno querría, y esa “noticia” que tanta ilusión me hace compartir con vosotros, llegará muy pronto, pero hay que seguir esperando un poco más, porque todo tiene su tiempo.

Pues bien. Hoy llega otro cambio más. Sé que no paro de decir que no puedo avanzaros mucho, que cuando sepáis de qué se trata lo entenderéis todo, y espero y confío en que comprendáis lo que viene hoy. La novela Te he echado de menos, como la conocíais en un principio, o Desencuentro, ahora, dejará de estar disponible en en blog.

Eso no quiere decir que el blog deje de estar activo, ni que todo esto acabe aquí. Al contrario. Esto supone el inicio de una nueva etapa que tendrá fin en ese proyecto del que os hablo.

Gracias a todos los que estáis a mi lado, a los que seguís día a día visitando el blog, comentando los últimos posts, y reclamando nuevas historias. Os espero con Bajo tu misma luna, y con novedades que se irán conociendo…

Un abrazo fuerte,

Naiara (tuypabloalboran)

martes, 21 de julio de 2015

Seis (BTML)

Camino observando a los invitados que hablan en pequeños grupos, a lo largo del salón. Algunos me paran para saldar el pretexto de la noche; mi bienvenida a casa. A la mayoría no los conozco. Supongo que serán compañeros del club de campo de mamá.

Me siento en uno de los sofás, evitando las estiradas conversaciones de golf, padel y cenas benéficas.

—La fiesta divina—ironiza Cris. ¡Por fin han llegado! Media hora más en aquél ambiente y me convierto en uno de ellos.
—No me acordaba ya de las fiestazas de tu madre…—murmura Esther obsevando la sala. —¿Y de dónde han salido estos camareros? Ha hecho un casting, ¿o qué? ¡Qué calor!
—Tus hormonas y tú…—balbuceo levantándome.
—¿Vamos?—dice Cristina señaándo el jardín.
—Voy a por algo para sorportar todo esto… esperadme fuera.

Camino esquivando a la gente en dirección a la cocina, pero la oscuridad del pasillo ocasiona un choque que adivino poco casual.

—Bu-buenas noches Alma—es Rodrigo. Mucho tardaba en aparecer.
—Rodrigo…
—Llevo toda la noche buscándote… pensé que te habías ido.
—Cualquiera se va de la fiesta de mamá…—se ríe cómplice.
—Lo sé… me llamó esta tarde para asegurarse que venía. No sé de dónde ha sacado mi móvil—me dice tímido. Lo cierto es que es bastante “mono”.
—Ui… mi madre y sus contactos. ¡Lo que no pueda conseguir ella…!—vuelve a sonreír, y no puedo evitar sentirme incómoda. —¿Quieres venir fuera? Han venido mis amigas. Seguro que te lo pasas mejor que con la gente de allí dentro—asiente y me acompaña.

En la nevera, por suerte, quedan algunas cervezas. Rodrigo me ayuda y nos dirigimos al porche del jardín, donde ya nos esperan.

—Chicas; os presento a Rodrigo, un amigo de la família.
—¡Hombre! ¡Por fin nos conocemos! Así que tú eres el guapo de Rodrigo del que siempre habla Alma—la voy a matar. Carraspeo y Esther me mira compasiva.
—¡Encantada de conocerte Rodrigo! ¿Me han dicho que eres médico, no?—el pobre sigue la conversación avergonzado.
—Sí. El año pasado terminé especialización y ya estoy trabajando en el hospital.
—¿De verdad? ¡Qué suerte! Nosotras empezamos este año la residencia…—murmura Cris.

Parece que poco a poco va cogiendo confianza y la conversación se torna tranquila y amena. Rodrigo es pediatra, y nos cuenta anécdotas de sus años de residente.

—¿Y ahora en qué hospital estás?—pregunta Esther.
—En el Internacional de Benalmádena—mierda.
—¿En serio?—murmuro.
—Ahá. Estuve los dos últimos años de residente, y ahora me he quedado como médico del equipo de pediatría.
—¿Ese no es el hospital que te han dado a ti, Alma?—Cristina siempre hablando de más. —Asiento resignada.
—¿De verdad? No había mirado las listas de residentes. Pues podría presentarme como tu tutor, si te parece—me dice Rodrigo. Lo único que me faltaba es tener a Rodrigo todo el día detrás. La ilusión de mi madre.
—No-no hace falta que te molestes. Yo..
—¡Para nada! En cuanto vengas a inscribirte, hablo con mis compañeros para llevar tu residencia.

La suerte me acompaña. La fiesta se alarga hasta altas horas de la noche. Rodrigo se marcha con sus padres, prometiéndole a mamá que moverá todos los hilos necesarios para poder llevarme la especialidad, y las chicas se marchan también.

Subo a mi habitación cansada. Mañana a primera hora tengo que pasarme por el hospital y seguramente tendré a Rodrigo esperándome. Me refugio en la música para relajarme un poco. Sé que después de dormir cinco horas por la tarde, por muy derrotada que esté, me costará dormirme.

Y él es el que siempre me devuelve a la calma que necesito. Volteo el disco con cuidado y selecciono la pista número 7, una de mis canciones favoritas; Tanto.  Reviso mi móvil, que lleva horas desatendido, en mi bolso, y encuentro mensajes de Angy, una amiga que conocí en las redes sociales. Le contesto enseguida.



Por fin buenas noticias. Angy es una chica de Barcelona que viene a Málaga para el concierto de Pablo. Las redes sociales son mi único contacto con él y con las tantísimas alboranistas. Y en twitter conocí a Angy. Enseguida conectamos, y nos pasábamos horas y horas hablando por mensaje o por skype.

En una de nuestras largas conversaciones, me comentó que había estado mirando las entradas del concierto de Pablo, porque le coincidian en sus vacaciones de verano. Cuando caí en que yo volvía a Málaha antes, le propuse que se quedara en casa, y que fuéramos juntas al concierto. Y parece que por fin tenemos las entradas. Tengo muchísimas ganas de que llegue el concierto.

Me hace muchísima ilusión ir a verle después de tanto tiempo. Recuerdo que en uno de los veranos en los que regresé de París para estar con mis padres en Agosto, fui a verle. Todavía no era famoso. Cantaba en una pequeña sala de Málaga a la que solía ir con mis amigos del instituto. El blanco moreno le apodaban, lo recuerdo perfectamente.

Desde entonces mi vida en París me ha impedido venir a verle. Desde que salió su primer disco, le sigo, pero cada vez que él tenía concierto en nuestra tierra, a mí me era impossible viajar.

Finalmente caigo rendida a los brazos de morfeo. Me levanto acalorada por el asfixiante calor que hace en la ciudad a estas alturas de verano. Me adentro en la ducha para refrescarme, y salgo deprisa para vestirme porque al final llegaré tarde.

Bajo a la cocina y veo los restos del desayuno de papá en la mesa. Cojo una de las tostadas que se ha dejado y la engullo todo lo rápido que puedo. Un vaso de leche me ayuda a tragar con mayor facilidad.

—Una señorita no come así—musita mi madre entrando a la cocina.
—Tengo prisa mamá. Llego tarde al hospital.
—Oh… me olvidé de decirte que tienes que ponerle gasolina a tu coche. Lo he estado usando yo y no me acordé de pasar por la gasolinera. —Estupendo.
—Me voy o llegaré tarde. ¿Las llaves?
—Están en la entrada. Dale un beso a Rodrigo de mi parte.
—Sí mamá.

Salgo hacia el garaje. Me siento como si hubiera vuelto al instituto y mi madre siguiéra mangoneándome a su antojo. Enciendo el motor de mi pequeñín y me pongo en marcha.



Tres cuartos de hora más tarde aparco por fin en el parking del hospital. Salgo todo lo rápido que puedo, y pregunto en recepción dónde me debo dirigir. Una muchacha pizpireta me indica con amabilidad. Le agradezco la ayuda y camino ligera hasta la sala. Hay un par de chicas más y un chico a la espera. Me tocará la útlima. Seguro.

Me dispongo a coger mi móvil cuando oigo mi nombre.
—¿Alma Torres?
—Sí, soy yo—murmuro levantando la cabeza. Es una chica joven. Me pongo en pie y la acompaño.
—El Dr.Márquez la está esperando para cumplimentar la ficha—asiento extrañada. No tenía ni idea que la inscripción se hacía así.

La chica se para delante de la puerta y toca un par de veces. Enseguida oigo como alguien dentro le da permiso para entrar.

—Puede pasar—me dice. Avanzo observando el despacho. La silla está girada de espaldas a mí, pero enseguida se da la vuelta.

—Bienvenida a pediatría, Dra Torres. —Es Rodrigo. Me recibe sonriente y se levanta para tenderme la mano.
—Gra-gracias—le digo descolocada.-
—Al final he logrado ponerte en mi tutoría. No me han puesto inconveniente. —¡Maldita sea! —Llenamos la ficha, firmas y ya no hay vuelta atrás. —Asiento y empiezo a escribir. No me voy a oponer a que sea mi tutor. Creo que no estoy en condiciones de hacerlo.
—Listo—le digo entregándole los papeles.

—Genial. ¿Te parece si lo celebramos esta noche cenado?

jueves, 16 de julio de 2015

Cinco (Bajo tu misma luna)

Vuelvo a sentir ese olor a mar que tanto he añorado…

París; la ciudad de la luz, del amor, cuna del arte… me pasaría horas y horas hablando de sus tantísimos rincones maravillosos que enamoran a todo el que pasea por sus calles. Cierro los ojos y mi mente me traslada allí al instante. Los paseos por la orilla del Sena o por los Campos Elíseos, las tardes de lectura a los pies de la Torre Eiffel, las visitas al museo del Louvre o al museo Picasso… hay tantas cosas que me fascinan de allí.

Pero todo se desvanece cuando llego aquí y veo el mar. El agua sosegada de mi Málaga querida. Y es que adoro sentarme en cualquier terraza del paseo y contemplar como las olas rompen en las rocas, como bailan con la arena  y vuelven a perderse mar adentro.

—¿Y cuándo llegarán tus cosas?— es mamá. Las dos vamos sentadas en los asientos traseros del coche, y papá conduce delante. Solo.
—Me dijeron que entre 48 y 78 horas, y ya han pasado 24, así que supongo que entre mañana y pasado tendrían que estar aquí—le digo observándola.

Hace más de un año que no vuelvo a casa. El último curso, sus pertinentes exámenes, el trabajo de final de carrera y el MIR me han tenido absorta. Juraría que ha vuelto a hacerse algún retoque en la nariz, pero no oso preguntar. Con el carácter que tiene mi madre…

—¿Has visto lo guapo que está Rodrigo?—otra vez con el temita…
—Sí, mamá.
—Ya te lo decía yo. No te preocupes que esta misma noche he organizado una pequeña fiesta de bienvenida, y le he invitado—Resoplo. Mamá y sus “pequeñas” fiestas. Papá sigue callado, pero me mira por el retrovisor compasivo.
—¿Pero no puedes dejar la fiesta para mañana? Me apetece descansar un poco… han sido unos días…
—Está todo organizado—sentencia. Qué remedio me toca.

Por fin entramos en Marbella. El coche traza las últimas calles de la urbanización, y por fin entramos al garaje. Un fuerte estruendo me sobresalta. Es mi pequeñín, el labrador que me regaló mi abuela pocos días antes de morir. Abro la puerta y se abalanza sobre mí llenándome de lametones.

—Para Bruce, ¡quieto!—balbuceo tratando de zafarme de él. Salgo del coche y acompaño a mi padre al maletero para coger mis cosas.
—¿Cómo estás, nena?—me dice rodeándome con su brazo.
—Bien, papá. Cansada de la despedida, de la mudanza, del viaje… ya sabes—me acurruca entre sus brazos. He echado tanto de menos esos abrazos… Mi padre es el único que logra hacerme sentir bien siempre.

Papá, Alberto Torres, es el director de uno de los mejores hoteles de Marbella, el Marbella Club Hotel. De pequeña me llevaba allí para pasar algo de tiempo juntos montando a caballo, uno de los pocos momentos que podía disfrutar junto a él porque siempre salía de casa antes de que me despertara, y volvía cuando ya estaba dormida.



Me ayuda a subir la maleta y aspiro el aroma de casa; una dulce fragancia de flores frescas que me devuelve a mi niñez. Mi habitación está como siempre, con mis ositos de peluche en la cama, el escritorio lleno de libros y mis zapatillas justo debajo del radiador. Adoraba sentir el calor en mis pies al levantarme en invierno.

Me acerco al escritorio y revuelvo los libros. La mayoría son del primer año de carrera. Anatomia humana, Bioestadistica y Biologia celular. Qué recuerdos…

Hoy estoy algo más cerca de alcanzar mi sueño; ser pediatra. Tras cuatro años de carrera y el examen MIR, por fin voy a empezar la especialización de pediatría. Me esperan cuatro años de residente en el hospital que me han asignado, el Hospital Internacional de Benalmádena. Desde que tengo uso de razón mi gran vocación ha sido curar a los demás. Pasaba horas y horas sanando a mis muñecas, a mis perros o a mi misma. Recuerdo que tenía un cofre de juguete con un estetoscopio y utensilios varios que me ayudaban a ponerme en la piel de un médico.

La melodía de mi móvil me devuelve a la realidad.

—¿Ya te has repuesto del encontronazo?—es Cristina.
—¿Qué hablas?
—Tía, el choque con Alborán. No me digas que ya no te acuerdas.
—¡Aahh! Pensaba que hablabas de Rodrigo…
—¿Cómo ha ido? ¿Tu madre sigue insistiendo, o qué? La cosa es que el chico no está nada mal, ¿eh?
—Pues mira, todo tuyo—bromeo. —Esta noche tienes la oportunidad.
—Lo sé… me lo ha dicho mi madre al llegar. Por eso te llamo. ¿Tengo que venir muy elegante a la fiesta?
—Pues hombre, teniendo en cuenta que la ha organizado mi madre… puedes ir preparando el vestido largo.
—Joder. Ya podría haber preparado una fiesta en la piscina. Vaya ganas de arreglarse ahora. Con lo cansada que estoy del viaje.
—Dímelo a mí… no queda más remedio.
—Y mañana hay que levantarse pronto para ir a la charla del hospital…
—Lo sé, pero ya sabes cómo es mi madre. Si no organiza algo, no se queda tranquila. En fin, te dejo que voy a ver qué me pongo esta noche..
—Vale, te veo luego.

Cuelgo y camino hasta la puerta de mi armario-vestidor. Enciendo la luz y veo la ropa que llevo años sin ponerme. No tengo ganas de deshacer las maletas, así que algo me servirá. Adoro la moda, concretamente los zapatos. Mi madre, ocupada siempre con sus reuniones del club de campo y sus tonterías, no hacía más que comprarme ropa y zapatos para tenerme contenta. Así que poco a poco fue interesándome ese mundo. Mamá, Margaret Martin, y digo mamá porque así lo dicen los papeles, y porque en definitiva estuve 9 meses en su vientre, es una de las presidentas del club de campo de Marbella. Lugar por el que nunca me veréis aparecer, más que nada porque el estatus social de la gente que acude no me interesa lo más mínimo. Por mucho que creciera entre gente de ese tipo, las nanas que me criaron, y en las que intentaba buscar el cariño que tanto me faltaba, me asentaron los pies en el suelo.

Me pruebo un vestido largo de color blanco. Creo que no me lo había puesto nunca. Me lo quito, lo dejo sobre la cama, y me tumbo a su lado tratando de descansar un poco; estoy agotada.

—¿¡Pero todavía no te has arreglado!? ¡Queda media hora para que empiecen a llegar los invitados!—los gritos de mi madre me despiertan.
—¿Qué? ¿Qué hora es mamá?—le digo adormilada.
—Son las nueve. Llevas más de cinco horas durmiendo.
—Estaba cansada. Ahora voy—le digo levantándome de la cama.
—A ver qué te pones. No vayas a bajar de cualquier forma.
—Que no mamá. No te preocupes—le digo entrando en el baño.
—Voy a llamar a tu padre, a ver si llegan los invitados, y él todavía no está aquí—refunfuña.

Giro la manecilla de la ducha para que el agua fría me despierte. Me paso un buen rato tratando de desperezarme, y salgo envuelta en una toalla. Vuelvo a la habitación y acabo de arreglarme. Me miro al espejo tratando de encajar la cerradura del collar.



—¿Puedo?—es papá asomando por la puerta.
—Claro—le digo sonriente. Se acerca a mí y me coge el collar para ponérmelo.
—Estás preciosa. Echaba de menos tenerte por aquí en las fiestas que organiza tu madre.
—Se me habían olvidado ya. En París no tenía estas cosas.—Acaba de abrocharme el collar y me giro para mirarle.
—Ven, anda. Llevas la corbata mal puesta—le digo intentando arreglarle el nudo.
—Como te he echado de menos, pequeña—me dice abrazándome.

El timbre nos sobresalta. Me separo de él y le miro.

—Será mejor que bajemos, o a mamá le va a dar algo—asiente y sonríe.

—Vamos.